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La espina de Los Marras



Tenían ganas Los de Marras de sacarse la espina que llevaban clavada desde el año pasado, cuando actuaron en Viveros con la peña sentada, con las mascarillas puestas y bajo la atenta vigilancia de los servicios de seguridad. Mala cosa para el rock and roll, cuyo disfrute en directo lleva aparejado el jolgorio, la desinhibición, la libertad, el baile y los gestos espontáneos, y muchas veces espasmódicos, con los que el cuerpo responde al estímulo de escuchar sus canciones favoritas. Enguany sí, reza el frontispicio del escenario de los conciertos de la Feria de Julio. Este año las cosas van a volver a ser como siempre y se va a poder disfrutar de la música en vivo como siempre lo hicimos, y ya surfearemos la séptima ola. «Y a lo mejor me muero mañana, y a lo mejor tengo al bicho en mi cuerpo, y a lo mejor soy un muerto que canta y a su mal no espanta», cantan ellos mismos en «Coleando». Ese parece ser el clima general después de dos años de hastío pandémico.

La noche más eléctrica del ciclo de conciertos se abrió con el buen rollo de El Tío la Careta. Rock mestizo y festivo, cantado y recitado, con dos estupendos pitos que lo mismo pintaban soul, que ska, que funk. Sus canciones alegres arremeten contra el odio, la intolerancia y la injusticia. «Antifeixista», «Quinto elemento» y «Estoy mucho mejor», entre otras, iban atrayendo a un público que remoloneaba, que iba llegando muy poco a poco. Cuando Los de Marras empezaron su actuación, el recinto ya presentaba un aspecto animado.

Salieron en tromba, con tres guitarras macizas de sonido Gibson en su vertiente más punk, el bajo pellizcado con los dedos, la característica voz rasgada de Agustín y una batería que hizo temblar el suelo. Arrancaron con «A tu vera», mucha electricidad, mucho decibelio y mucha distorsión. Rock sencillo, sin refinamientos, pero también sin tonterías. A todo trapo y a piñón, estrofa, estribillo y punteo. Defendiendo su séptimo elepé, «Peligro esperanza», en el que, para variar, no se esconden. Con sus letras comprometidas, directas y descarnadas, escritas en un lenguaje franco y comprensible, de barrio y recreativos, los valencianos hablan con la sinceridad y la pasión de quien no tiene nada que perder.

Puede que todas sus canciones se parezcan entre sí, que salgan del mismo molde, pero, como a tantas otras bandas que no viven de esto, nadie les podrá acusar nunca de fabular, mentir o impostar. «Callejear», «Venganza», «Vivir es más», «Jugaremos» o «Revolviendo» sonaron contundentes y afiladas, y se entregaron tanto como cuando lo hacen delante de 40.000 personas en un Viñarock o un Vintoro. Durante la actuación, resumen perfecto de sus más de 25 años de carrera, contaron con la colaboración de Bruno, vocalista del grupo telonero, y de Vicent Tormo, guitarrista de Benito Kamelas. Tan modestos y currantes como siempre, contaron en todo momento con la complicidad y el cariño del público, y terminaron su show de guarrocanrol con el optimismo y la energía antidepresiva de «Hoy».



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